lunes, 6 de abril de 2015

La señora de las vacas


LA SEÑORA DE LAS VACAS



Hay veces que ocurren cosas que no te esperas. Por supuesto, no me refiero a cuando tienes suerte y la ley de Murphy no se cumple con la tostada. O cuando logras no caerte cuando vas en el autobús y el conductor da un frenazo. Ni tan siquiera me refiero a esos exámenes que dabas por suspensos y que de repente aparecen aprobados.

No. Me refiero a ese tipo de cosas que son especiales, a ese tipo de días que, sin que tú te des realmente cuenta, se guardan en tu corazón simplemente porque has hecho algo que en un principio no ibas a hacer.

Eso fue lo que sucedió el día que conocí a la señora de las vacas.

Estábamos de vacaciones en el pueblo y los días se habían convertido en una rutina. Desayunar. Playa. Comer. Paseo. Cena. Peli. Las horas eran una mera copia del día anterior. Además, ni tan siquiera estaba mi hermano, por lo que todo se hacía incluso más insoportable.
Por eso, cuando paseábamos por las tardes y pasábamos por delante de una vaquería, me la quedaba mirando. Las vacas también me devolvían la mirada, con esa forma tan suya que siempre me saca una sonrisa.

Mi padre parecía leerme el pensamiento.
-¿Por qué no te acercas un día y les dices que si puedes estar con ellos?
-Pero… ¿cómo voy a hacer eso? No creo que me dejen…

Yo contestaba con convicción, aunque una parte de mí sabía que había posibilidades de que no les importara. De que, en realidad, eso era lo más seguro.
Pero lo dejé pasar un día y otro. Hasta que mi padre me convenció.

-De acuerdo, iré… pero vienes conmigo-acepté.

Fuimos los dos juntos. El olor a estiércol nos envolvió, pero no tardé en acostumbrarme. Miré a mi padre y me di cuenta de que a él sí le importaba, aunque no se quejó en ningún momento.
Finalmente, llegamos a la explotación. No había puerta ni nada parecido, pero a partir de cierto punto supe que habíamos entrado.

-No están…
-Pues vamos a buscarlos.

Nos adentramos un poco más en la vaquería. Fue entonces cuando vi a la ganadera: bajita, algo regordeta, con una bata vieja y un delantal manchado. Debía rondar los cincuenta y tantos, pero sus ojos oscuros brillaban de una forma jovial.  Su piel tenía el color de quien pasa muchas horas al sol y aparecía algo cuarteada.

En ese momento, estaba dando un cubo de leche a un ternero.
Me acerqué poco a poco. Cuando levantó la mirada, me vio.
En ese mismo momento, pensé que nos iba a echar. Al fin y al cabo, habíamos entrado en su granja sin permiso, sin conocer a nadie y como Pedro por su casa, vaya.
Pero no.
Nos sonrió.

-¡Hola!-saludó.
-Hola-respondí yo. Y entonces supe que tenía que hacerlo.

Le expliqué hablando a toda velocidad que yo era una estudiante de veterinaria de Madrid y que había visto la granja desde la carretera. La pregunté si podría echar una mano en las tareas de la explotación para aprender.

-Es que me gustaría más dedicarme a las vacas que a los perros, por ejemplo, pero, claro, en Madrid es difícil hacer prácticas con vacas y eso…

La mujer me miró con sorpresa. Los terneros lamían sus manos, pero ella no los hacía caso. De hecho, también habían logrado lamerme a mí, pero yo solo había respondido acariciando su cabeza.

-¿De verdad te gustan más los jatos?-preguntó finalmente.

La miré sin comprender. ¿¡Los qué había dicho!?
Ella se rio.

-Los ternerucos, me refiero.

Noté cómo me ponía colorada.

-Sí, sí… Al menos me llama mucho más la atención. No sé, son monos-respondí mirando con ternura a los pequeños. Uno de ellos se metió la lengua en la nariz, rompiendo un poco la magia del momento.

-Ah, pues qué raro, ¿no? Pero sí, claro, tú vente cuando quieras. Total, dan mucho trabajo… Una siempre tiene que estar aquí…

Y me empezó a contar cosas de la explotación: anécdotas, casos… En realidad, me había abierto las puertas antes incluso de conocer mi nombre.

Ese fue un detalle del que me di cuenta cuando íbamos a irnos.

-Por cierto, me llamo Ana.
-Encantada. Yo me llamo Rosa. Entonces, nos vemos mañana, ¿no, nenuca?


Asentí con una sonrisa. 

1 comentario:

  1. Vaya anécdota más entrañable. Si es que muchas veces la gente que trabaja con animales es entrañable. Cuando voy al pueblo también voy con mis hermanos a ver a las vacas, pero es para coger leche sobre todo xDD No soy tan altruista.

    De pequeño quería ser veterinario (qué original), así que me gustará mucho leer tus entradas de anécdotas.

    Un saludo ^^

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