viernes, 10 de abril de 2015

La oveja negra

¡Hola!

Como ayer prometí entrada, pero no he tenido tiempo de escribirla y esta semana es una locura, he decidido subir otra anécdota que ya tenía escrita :3

Para ponernos en situación (aunque es posible que un día de estos lo escriba de un modo decente): estoy de interna en el departamento de producción. ¿Y qué quiere decir esto? Pues que me llevan de excursión a mataderos y cebaderos a coger muestras. O participar en  estudios de bienestar. E, incluso, cuidar a las ovejas de la facultad. Porque sí: en mi facultad tenemos granja. Somos guays.

En fin, una vez dicho esto, os dejo con la historia. Si no entendéis algo, decídmelo, porque estoy descubriendo lo complicado que es explicar conceptos en un texto y que siga teniendo ritmo XDDD

La otra historia, la del jueves, os la debo ;)

LA OVEJA NEGRA

En realidad esta no es la oveja del relato (no tengo ninguna de ella)  pero...¿a qué es remona? :3

Desde el primer día nos había dejado claro que no había que tener piedad con los corderos dormidos. Por mucha pinta de estar soñando con ovejitas angelicales o con los mejores pastos que pudieran desear (o más, bien, mejores ubres), había que levantarlos.
-El año pasado hubo unos que no lo hicieron-nos contó el primer día-y luego el cordero apareció muerto por hipotermia. Así que, ya sabéis: mejor despertarlo a que luego no despierte.
Y puso su habitual sonrisa. Sin embargo, la del rostro de los internos que estábamos allí se borró de inmediato. O, como mínimo, la mía.
Por ello siempre despertábamos a todos y cada uno de los pequeñines. Un chico daba palmas y decía “¡arriba perezosas!”, lo que hacía que todas se levantaran asustadas y le miraran con cara de “este humano está loco”.
Yo prefería un método menos ruidoso: iba de cordero en cordero para, molestándoles un poquito, hacer que se levantaran. Así me aseguraba además de que mamaran y de que estuviera bien.
Eso es lo que hice esa tarde.
Para ello, fui en orden: primero las parideras, recintos más pequeños dentro de donde se encuentran las ovejas para hacer que la madre esté junto a su hijo y lo reconozca sin problemas. Me metí en la del fondo, donde una oveja blanca me miró sin inmutarse demasiado mientras toquiteaba a su hijo hasta que se levantó. Creo que esa oveja me reconoció como la chica maja que de vez en cuando la daba comida. Salí y fui a la siguiente.
Sin embargo, el recibimiento no fue el mismo. Tal vez no había sido una buena idea saltar por encima de la valla en lugar de simplemente abrir la puerta. Tal vez es que esa oveja era huraña por naturaleza. Quizás es que me tenía odio por haberle dado una medicina cuando estaba embarazada.
El caso es que ya su mirada me alarmó.
Era una oveja negra, al menos el pelo que recubría sus patas y su cabeza lo era. La lana de las ovejas negras (las de la raza Castellana) es marrón chocolate. Por eso, siempre me había gustado mucho más que las blancas: eran una especie de brownie con patas y que te observaban de forma amigable.
Pero esa no. La oveja negra clavó sus ojillos en mí. Después, empezó a hacer chirriar sus dientes de un modo muy amenazante. Después, comenzó a mover la pata delantera escarbando la tierra.
A todo esto, yo intentaba acercarme al cordero, que estaba al fondo, detrás de la madre. Di un pasito más.
-Tranquila…-susurré.
Pero no hizo efecto. En cuanto me moví otro poco, la oveja cargó contra mí y me dio un cabezazo con todas sus fuerzas. Por suerte, lo vi venir y logré apartarme.
-¡Ay!-gimoteé.
No me di por vencida. Tenía que asegurarme de que el cordero estaba bien (aunque parecía estar mejor que yo, la verdad) y por eso seguí en mis trece.
Era ya cuestión de orgullo.
Era la oveja contra mí y no estaba dispuesta a perder.
Avancé otro pasito. La oveja quiso volver a embestirme, pero esta vez le sujeté la cabeza.
-¡Ja! Ya no eres tan fuerte, ¿eh?
Volvió a intentar pegarme. No lo logró, pero sí consiguió pisarme. Y bien fuerte, además.
Pero lo important era que ya había logrado llegar al cordero. Por fin.
Le toqué la cabeza. Después, al ver que estaba tan dormido que ni tan siquiera reaccionaba, le toqué el dorso y la tripita. Entreabrió los ojos, pero debió decidir que yo no era alguien realmente interesante.
-Vamos… a ver si tienes hambre… ¿No quieres mamar? ¡Ay, oveja, qué pesada eres!
Con las palabras del profesor revoloteando por mi cabeza, me decanté por una medida drástica: lo cogí y le obligué a ponerse en pie. El corderito miró a su alrededor, como si de repente no supiera bien dónde se encontraba. Después, fue a buscar la ubre de su madre.
Suspiré, aliviada. Sin dejar de mirar a la oveja y sin que ella tampoco dejara de observarme a mí, salí de la paridera. Cuando me quise dar cuenta, el cordero volvía a estar durmiendo a pierna suelta.
Quise volver a acercarme para sacarle una foto, pero la oveja negra empezó a chirriar los dientes. Cambié de idea.
Total, todavía tenía mucho trabajo que hacer.

lunes, 6 de abril de 2015

La señora de las vacas


LA SEÑORA DE LAS VACAS



Hay veces que ocurren cosas que no te esperas. Por supuesto, no me refiero a cuando tienes suerte y la ley de Murphy no se cumple con la tostada. O cuando logras no caerte cuando vas en el autobús y el conductor da un frenazo. Ni tan siquiera me refiero a esos exámenes que dabas por suspensos y que de repente aparecen aprobados.

No. Me refiero a ese tipo de cosas que son especiales, a ese tipo de días que, sin que tú te des realmente cuenta, se guardan en tu corazón simplemente porque has hecho algo que en un principio no ibas a hacer.

Eso fue lo que sucedió el día que conocí a la señora de las vacas.

Estábamos de vacaciones en el pueblo y los días se habían convertido en una rutina. Desayunar. Playa. Comer. Paseo. Cena. Peli. Las horas eran una mera copia del día anterior. Además, ni tan siquiera estaba mi hermano, por lo que todo se hacía incluso más insoportable.
Por eso, cuando paseábamos por las tardes y pasábamos por delante de una vaquería, me la quedaba mirando. Las vacas también me devolvían la mirada, con esa forma tan suya que siempre me saca una sonrisa.

Mi padre parecía leerme el pensamiento.
-¿Por qué no te acercas un día y les dices que si puedes estar con ellos?
-Pero… ¿cómo voy a hacer eso? No creo que me dejen…

Yo contestaba con convicción, aunque una parte de mí sabía que había posibilidades de que no les importara. De que, en realidad, eso era lo más seguro.
Pero lo dejé pasar un día y otro. Hasta que mi padre me convenció.

-De acuerdo, iré… pero vienes conmigo-acepté.

Fuimos los dos juntos. El olor a estiércol nos envolvió, pero no tardé en acostumbrarme. Miré a mi padre y me di cuenta de que a él sí le importaba, aunque no se quejó en ningún momento.
Finalmente, llegamos a la explotación. No había puerta ni nada parecido, pero a partir de cierto punto supe que habíamos entrado.

-No están…
-Pues vamos a buscarlos.

Nos adentramos un poco más en la vaquería. Fue entonces cuando vi a la ganadera: bajita, algo regordeta, con una bata vieja y un delantal manchado. Debía rondar los cincuenta y tantos, pero sus ojos oscuros brillaban de una forma jovial.  Su piel tenía el color de quien pasa muchas horas al sol y aparecía algo cuarteada.

En ese momento, estaba dando un cubo de leche a un ternero.
Me acerqué poco a poco. Cuando levantó la mirada, me vio.
En ese mismo momento, pensé que nos iba a echar. Al fin y al cabo, habíamos entrado en su granja sin permiso, sin conocer a nadie y como Pedro por su casa, vaya.
Pero no.
Nos sonrió.

-¡Hola!-saludó.
-Hola-respondí yo. Y entonces supe que tenía que hacerlo.

Le expliqué hablando a toda velocidad que yo era una estudiante de veterinaria de Madrid y que había visto la granja desde la carretera. La pregunté si podría echar una mano en las tareas de la explotación para aprender.

-Es que me gustaría más dedicarme a las vacas que a los perros, por ejemplo, pero, claro, en Madrid es difícil hacer prácticas con vacas y eso…

La mujer me miró con sorpresa. Los terneros lamían sus manos, pero ella no los hacía caso. De hecho, también habían logrado lamerme a mí, pero yo solo había respondido acariciando su cabeza.

-¿De verdad te gustan más los jatos?-preguntó finalmente.

La miré sin comprender. ¿¡Los qué había dicho!?
Ella se rio.

-Los ternerucos, me refiero.

Noté cómo me ponía colorada.

-Sí, sí… Al menos me llama mucho más la atención. No sé, son monos-respondí mirando con ternura a los pequeños. Uno de ellos se metió la lengua en la nariz, rompiendo un poco la magia del momento.

-Ah, pues qué raro, ¿no? Pero sí, claro, tú vente cuando quieras. Total, dan mucho trabajo… Una siempre tiene que estar aquí…

Y me empezó a contar cosas de la explotación: anécdotas, casos… En realidad, me había abierto las puertas antes incluso de conocer mi nombre.

Ese fue un detalle del que me di cuenta cuando íbamos a irnos.

-Por cierto, me llamo Ana.
-Encantada. Yo me llamo Rosa. Entonces, nos vemos mañana, ¿no, nenuca?


Asentí con una sonrisa. 

Veterianadas

¡Hola!

Y después de mucho, mucho tiempo... ¡VUELVO POR AQUÍ! ¡Y ADEMÁS CON UNA SORPRESA!

Sí, señoras y señores: después de darle unas cuantas vueltas (no muchas, la verdad :P), me he animado a abrir esta nueva etiqueta: Veterianadas.  ¿Que qué es eso? Pues son todas las anécdotas que tengo como estudiante de veterinaria relacionadas con mis bichos. Algunas serán más alegres, otras más interesantes, otras más anitadas... En fin, un poco de todo.  Espero que os resulte interesante esta nueva sección :D