jueves, 11 de diciembre de 2014

El hombre del barquito

¡Hola!

En fin, en este blog quería poner tinta fresca, pero no he podido resistirme. Pensé que había perdido este relato, pero... ¡lo encontré!

La verdad es que, aunque ahora que lo releo encuentro unos cuantos fallos, me siento muy orgullosa de él. Fue  el primero con el que gané algo, un pequeño concursillo en el que solo había 11 participantes. Pero me dio muchísima alegría y, por eso, he decidido subirlo tal cual. Así podéis ver si he mejorado o no.

La imagen es el premio del concurso. Anumy-chan es el nick que tenía en aquel entonces en el foro que lo organizó (el foro de Laura Gallego, del que prometo hablaros algún día). Si alguien lo conoce, sigo por esos lares, aunque ahora soy simplemente Anumy ^^

¡Espero que os guste!


EL HOMBRE DEL BARQUITO


Otra vez él estaba allí. Alto, desgarbado, vestido con prendas que parecían puestas al azar sobre sus hombros, pantalones que le quedaban más bien cortos y que mostraban unos viejos calcetines grises metidos en unas mugrientas deportiva que, antaño, debían haber sido blancas. Su pelo, rojo como el fuego, siempre oculto tras una gorra negra mugrienta y los ojos, en sombra por la visera, no podían esconder aquel brillo soñador diluido en sus ojos grises que le daban un aspecto bohemio, como si todo lo que pasara a su alrededor no fuera importante.
Pero, por extraño que parezca, había algo que llamaba incluso más la atención que el propio aspecto de este curioso personaje. Un barquito.
En realidad, no era nada raro ver en aquel pequeño estanque barcos teledirigidos, puesto que los alquilaban en el tenderete que está justo a la derecha del banco donde me encuentro, observando el paisaje otoñal del parque, a los niños jugando alborozados a coger la hoja más grande, o bien intentando imaginar por un momento que eran capitanes de aquellas pequeñas embarcaciones de vela, blancas y con un par de rayas rojas recorriendo de forma paralela el casco y un número en negro en una pequeña bandera sobre el mástil.
Pero el navío que portaba aquel hombre era totalmente distinto a los demás. Para empezar, tenía un sin fin de remaches y arreglos con celo y cinta aislante, lo que le daba un aspecto muy frágil. El casco, de un marrón apagado, hacía mucho tiempo que había dejado de brillar y el peso, en lugar de la elegante forma triangular de los otros barcos, era una piedra amorfa atada con un hilo a un pequeño saliente de la quilla.
Y, sin embargo, cuando lo veías en el agua, en este caso de colores anaranjados debido a las hojas que reflejaba, parecía algo mágico. Navegando con calma, llevado, al contrario que los demás veleros, por el azar, las horas se pasaban en suspiros.
Por supuesto, aquel hombre era consciente de ello.  Y, quizá por eso, todas las mañanas se rendía a su embrujo. Simplemente soltaba el pequeño juguete, tal y como estaba haciendo ahora, se sentaba en el bordillo que rodeaba el agua y dejaba pasar el tiempo, sumido en sus propios pensamientos.
En realidad, aunque no lo parezca, aquella actividad, a la par que relajante, era algo muy entretenido. El barco parecía que iba directo a la otra orilla pero, de repente, debido a una pequeña brisa juguetona, viraba a la derecha. Después, por culpa de una hoja danzante que aterrizaba con suavidad en el lago, formando una ola minúscula, el navío volvía a cambiar de rumbo. Además, era muy reconfortante ver en las caritas de los niños el interés por aquel objeto, observar cómo los que lloraban paralizaban sus lágrimas como hipnotizados por el pequeño objeto.
Y, cómo no, estaba el misterio de aquel extraño hombre. Le había visto allí todas las mañanas desde finales del verano, y, aunque a veces la temperatura era realmente agobiante, él se mantenía en su posición, impertérrito. Ahora, en otoño, cuando las hojas ya habían pasado de caer de forma perezosa a tirarse en masa y el frío comenzaba a llegar silenciosamente, él seguía allí.
En realidad, no puedo asegurar si se está todo el día en el estanque, mirando a la nada, ya que yo me marchaba siempre antes. Algo que desde que le conocía me había llamado la atención es que nunca le había visto coger ningún papel para dibujar un boceto como otras personas situadas en otros puntos del parque; nunca había cogido ningún apunte para escribir ninguna novela o poema.
Lo que aquel hombre hacía allí era simplemente nada. Nada… de cara a los demás.
Como cada día, intenté reunir el valor suficiente para levantarme y sacarle de su ensimismamiento, para saber algo sobre él. Como siempre, me levanté, al principio con seguridad. Pero, según me iba acercando, notaba como las dudas y la culpabilidad por sacarle de sus pensamientos de aquella manera iban mermando mi decisión.

Sonreí con resignación mientras volvía sobre mis pasos. Aquel día tampoco conseguiría mi propósito.

2 comentarios:

  1. Ohh Ana me gusta mucho!! Normal que ganaras jajaja. Hay pequeños detalles en la descripción del hombre que me han despistado, pero da igual, porque se compensa con lo genial de lo demás (no lo digo para ofender eh, lo digo como crítica constructiva y, sobre todo, desde mi punto de vista).
    Y quiero decirte algo:
    Por no rendirte con la creación de un blog, esforzarte tanto en escribir a la perfección cada texto y hacerme entrar en pequeños mundos con cada entrada, te otorgo el premio Best blogger. Aquí tienes la entrada en la que puedes ver de qué va: http://elblogdelcuentista.blogspot.com.es/2014/12/premio-best-blogger.html

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  2. ¡Hola!
    Muy bonito, me ha encantado la escena, y el hombre desprende una halo de misterio que llega hasta aquí... Yo tampoco querría sacarlo de su ensimismamiento, se lo ve tan apacible... :3
    Entiendo que al releer algo que has escrito después de un tiempo, empieces a encontrar fallitos (a mí también me pasa) pero yo creo que aun así está muy bien ^^

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